ArtÃculo escrito por Pedro G Cuartango (Miranda de Ebro), responsable de la sección de Opinión y editorialista de El Mundo, en el que recuerda algunos periodos vividos en Briviesca en su niñez. El año pasado ya publicamos un artÃculo suyo que llevaba por tÃtulo “Invierno en Briviesca“. En este nuevo artÃculo hablas sobre el cine:
Todos los pueblos de España tenÃan antes un cine. Briviesca, el lugar donde nació mi madre y yo pasé largas temporadas de mi infancia, también. El cine, situado enfrente de la casa de mis tÃos, está cerrado desde hace más de una década.
Cuando yo era niño, oÃa por las noches desde la cama las voces de los actores que resonaban en la oscuridad. Jugaba a adivinar su identidad y trataba de imaginarme las secuencias. Que la pelÃcula estuviera prohibida para los menores no hacÃa más que acrecentar mi curiosidad.

A la entrada del cine, habÃa una gran pizarra en la que cada mañana se anunciaba la hora y el tÃtulo de la pelÃcula, que solÃa permanecer un par de dÃas. En la plaza, se ponÃan cuatro o cinco fotos con escenas del film en una cartelera de cristal. No sé por qué me han quedado grabadas las imágenes de Los ángeles del infierno, que no pude ver porque era para mayores de 18 años.
A las cinco de la tarde, los domingos se proyectaba siempre una pelÃcula para niños, que generalmente era de aventuras o del Oeste. Allà disfruté como loco de los tiroteos de los spaghetti western, vi a Charlton Heston haciendo de Cid y a Errol Flynn navegando por los siete mares, admiré las hazañas del ladrón de Bagdad y contemplé impávido la decadencia del Imperio Romano.
El cine de Briviesca era de dos pisos. Mi tÃo tenÃa reservadas dos butacas a la entrada, pero yo siempre me colocaba con mi primo en las primeras filas, cerca de la pantalla. La mayorÃa de los niños se sentaban arriba, donde habÃa un bar que vendÃa pipas, palomitas y la gaseosa local, porque entonces cada pueblo, además de su cine, tenÃa su fabricante de esta bebida.
Como sucedÃa en las salas de barrio, cuando llegaba el flemático y larguirucho James Stewart para salvar a la chica de las garras de los indios, todo el mundo se ponÃa a aplaudir con entusiasmo. Allà dentro la realidad parecÃa un pálido remedo de la ficción.
El cine no sólo era un lugar para soñar en mundos distantes e inaccesibles sino para descubrir sentimientos que afloraban por la fuerza de las imágenes. Entendà lo que era la desesperación del amor frustrado cuando vi a John Wayne quemar la casa que habÃa construido para la mujer de la que estaba enamorado en El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, para mà la mejor pelÃcula del Oeste que jamás se ha hecho y se hará hasta el final de la eternidad.
Cuando vuelvo a Briviesca, me paro siempre unos minutos frente al cine y me invade una sensación de nostalgia e impotencia al ver el edificio abandonado. Me pregunto dónde habrán ido a parar los sueños y los amores que se fraguaron en ese local.
Nada podrá sustituir aquella emoción que producÃa levantarse el telón y adentrarse en un mundo mágico. Cuando se apagaban las luces, la oscuridad actuaba durante unos instantes como un rito de paso hacia lo desconocido. Yo he visto el más allá gracias al cine y todavÃa lo veo cuando recuerdo el fulgor de la pantalla reflejado en los ojos del público.
¡QUIA!
Publicado por LaBureba.com en la categoría La Bureba el 28 de Julio de 2010
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